Mi rutina preferida

Mi rutina de cada día pasa por despertarme queriendo morir, sabiendo que tarde o temprano tendré que ir corriendo o no llegaré. Mi rutina es haber dormido poco y mal, viendo alguna serie hasta las tantas, pensando en si los monstruos vendrán a visitarme cuando apague la luz. Mi rutina, en realidad, pasa por acordarme de ti cada noche. Y cuando el sol asoma y mi café solo inunda todo con su olor, abro Instagram por instinto, como si fuera lo que me falta para terminar de espabilarme. Y entonces, en ese instante, me olvido de mi mal humor mañanero. ¿Que por qué? Muy sencillo.

Cuando entras en ese mundo donde todo es perfecto, inevitablemente empiezas a pensar en todo lo que no tienes. En la falda, la blusa de volantes, el vestidazo que ya no te podrías poner porque te marcaría barriga, el pantalón cropped (que me enteré ayer de cómo eran, desde que no estoy en Zara soy un cero a la izquierda en moda), la sandalia de coja, el esparto, la pose, las vacaciones de película, las playas de ensueño o las oficinas que parecen sacadas de una comedia romántica americana en la que todo el mundo lleva cafés de Starbucks en la mano y habla de escribir un artículo súper importante o de cómo enfrentarse al caso de turno que le hará dar un giro en su carrera.

Ernestine et sa famille Photography
Foto: Ernestine et sa famille Photography.

También están los maquillajes perfectos, los peinados perfectos, las manicuras divinas (odio la palabra divina; si alguna vez la he usado escribiendo algún artículo de belleza, lo siento, de verdad) y tal. Yo me estoy viendo las uñas ahora mismo y me río por no llorar. Anoche intenté quitarme el esmalte azul pitufo que por alguna extraña razón decidí ponerme y creo que no se irá ni aunque me concediera un deseo el genio de la lámpara. Y lo mismo pasará cuando me intente quitar el de los pies. Ese lo doy más por perdido todavía.

Por otro lado, están los escritores que en un mes venden 20.000 copias y te lo restriegan por la cara como si te pasaran una tostada con mantequilla y mermelada con risa maligna incluida. Je. Y entonces es cuando te bajas de la vida. ¿En serio? ¿Todo eso es lo que me falta? Mi armario es un puñetero desastre, mi coche se cae a pedazos (y ahora que lo pienso no le queda gasolina), tengo un portátil enano para escribir mis casi best-sellers y ni voy a las Maldivas ni en mi oficina hay cafés de Starbucks. Ah, y mi casa tampoco parece una tienda de decoración cuqui (también odio la palabra cuqui). Pero entonces, algo reacciona, algo hace clic en mi desastrosa cabeza.

Días de vino y rosas
Foto: Días de vino y rosas.

Entonces… atent@: ni a ti ni a mi nos hace falta todo eso. Porque ¿sabes de verdad lo que no puede faltar?

Que no falte un rato para cervezas con tus amigas, ni para un café o comida con tu familia. Que no falte aunque sea un segundo al día para mirarte en el espejo y decirte… “eh guapa, ¿cómo va eso? (léase como lo diría Joey Tribbiani)”, mientras suena de fondo tu canción favorita: si es por una buena causa, te perdonaría incluso que fuera reggaeton. Y ríete. Ríete de tus defectos, que está muy bien decirlo en plan terapeuta, pero es verdad. La felicidad empieza cuando pasas del mundo y te empiezas a reír muy fuerte de ti misma. Y de todo lo establecido.

Que no falte un concierto de vez en cuando, un festival de no-postureo, un rato de gritar y de bailar arítmicamente como solo nosotras sabemos hacer. Que no falte la música, en general. Cantar en el coche, desafinar adrede, ir a karaokes. Que no pase más de una semana sin que veas a tus amigas de verdad. Menos vida virtual y más quedar cuando dices que vas a quedar.

Camera Mirage
Foto: Camera Mirage.

Que no falten los viajes con mochila, las carreteras desconocidas, los mapas manchados de café. Que no falte una tabla de quesos y un vino tinto para brindar por todos nuestros momentos patéticos; y unas croquetas, que siempre vienen bien. Que no falten los momentos de confesiones, los besos en la mejilla, las llamadas de preocupación, los whatsapps para saber si has llegado bien. Que no falten los abrazos en estaciones de tren, las miradas que se buscan hasta que ya no se pueden encontrar por más que quieran, los “ya te echo de menos” cinco minutos después.

Y que no falten, tampoco, los ratos de ilusionarnos, de empanarnos, de soñar por soñar y reencontrarnos con nuestra versión más original. Yo de eso sé mucho; de soñar, digo. Y no creáis que lo digo por decir y lo hago por hacer. Hace algún tiempo aprendí que cuanto más sueñas, más probabilidades hay de convertir tus sueños en realidad. Y en ello andamos. Y aunque no se cumpliera nada de lo esperado, os aseguro que lo mejor de todo es esa ilusión de cuando no sabes qué vendrá. Como cuando te encontré a ti. Y vaya. Qué cosas. Desde entonces, en realidad, mi rutina pasa por acordarme de ti todo el día.

Desde entonces, solo pido una cosa.

Que no me faltes tú.

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