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Mujeres reales

Mujeres reales

'Mujeres reales' es el título de un nuevo artículo de crítica hacia la sociedad en la que vivimos, dedicado también al sector masculino. ¡No dejes de leer!

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Abrumados por la ingente cantidad de información, con las imágenes liderando esta conquista al cerebro del espectador, la sociedad se ha despersonalizado hasta convertirse en un mero producto virtual. Y, la virtualidad, estimados lectores, trae consigo el componente de la irrealidad. Esto afecta con especial crueldad al prototipo de belleza, tanto en hombres como en mujeres, aunque siempre son ellas las que más lo sufren. Pero también sus potenciales parejas, que ya no saben qué pensar.

El cambio del código ético en las corporaciones LVMH y Kering, cuyos principales perros de presa son joyitas como Vuitton o Dior, es una gran noticia para los que buscamos mujeres reales. Apoyados por grandes firmas, por fin desfilarán personas con más carne que huesos, a pesar de la delgadez sana que muchas lucen por mero metabolismo. Pero, al menos, la imagen de lo insalubre y peligroso desaparecerá de nuestras pasarelas.

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Sin embargo, en la televisión, el cine y, sobre todo, en Internet, está el verdadero problema. Las estrellas de Hollywood (y otras tantas del mundillo audiovisual), sometidas a constantes reconversiones de sí mismas, están presentando un prototipo minoritario que hombres y mujeres contemplan como deseoso. Ese culmen de la supuesta belleza no es otra cosa que la exigencia perpetua para personas que solo deberían luchar por ser ellas mismas.

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En lugar de engrandecer la belleza individual, el sistema confecciona un ideal general marcado por pautas imposibles. La altura, el peso y los rostros escultóricos son los aspectos generales que deben llegar a un mínimo establecido, sin pasarse del máximo. Así, las mujeres altas, rubias, de ojos azules, con grandes pechos y labios cincelados se presentan como referencia no solo para los hombres y las mujeres que las desean, sino para ellas mismas, que siempre utilizan el mismo ejemplo como máximo grado de perfección. Y, a veces, lo buscan de manera enfermiza.

Como ya he mencionado, sus potenciales parejas también nublan su verdadero ideal por culpa del humo que ha dejado detrás el incesante bombardeo mediático. Así, confunden realidad con supuesta realidad y aspiran, inconscientes y al borde de la pesadilla virtual, a una felicidad construida en un taller desprovisto de emociones. De esta forma, se pierden maravillosas aportaciones que la naturaleza y su evolución han concebido, como las mieles de la llamada imperfección. En lugar de alcanzar esa realidad, su vida se basa en la búsqueda de un sueño de plástico.

En la autenticidad del mundo reside la verdadera belleza, la real, la que abre sus puertas a una variedad absoluta con innumerables ideales de perfección propia y personal. Cada persona es diferente y alberga en su seno una naturaleza única, capaz de diseñar su propio Everest de deseos. Ahí radica la originalidad que nos hace especiales y, como consecuencia, que hace especiales a nuestras ilusiones y conquistas, cada una en su propio universo, cada una de ellas única. Así es como la “perfección” puede acabar siendo aburrida, sin chispa, plana.

Las mujeres no han de ser “perfectas”, sino reales, con sus estaturas dispares, pesos cambiantes, ojos más o menos azules y mayor o menor cantidad de pelo. Los medios, desde las películas hasta la publicidad, deberían invertir su tiempo y creatividad en mostrar la realidad. Seguro que es mucho más bello.

Como ya decían Oasis en Supersonic: “I need to be myself, I can’t be no one else” (“Necesito ser yo mismo, no puedo ser ningún otro”).

Pues eso.

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